Salsa is not sex | La salsa no es sexo


(PARA ESPAÑOL FAVOR DE LEER EL SEGUNDO PÁRRAFO) - With famous bongocero Johnny Dandy at the Fania Tribute | Con el famoso bongocero Johnny Dandy en el tributo a La Fania




A few days ago I went to see a tribute to the beloved salsa group Fania All-Stars. They were famous in the 70’s and 80’s for mixing Afro-infused rhythms with the wondrous musicality and freedom of jazz… all the while exposing and celebrating the immigrant struggle. I was so excited riding my bus from 53rd St to 105th in Harlem. I love Harlem. I love its history and its turmoil and its unrelenting character. It was a hot and humid summer afternoon. I strolled west on 105th as I received the flirtatious salutes of pretty Puerto Rican flags hanging high from the buildings. Older folk were socializing on porches and kids were playing near a water hydrant that was happily spraying onto the blistering hot street. Different Spanish accents seduced my ears and as I took it all in, I went back in time. I strolled slowly as I breathed in the presence of an older world that two streets over brought me upon the beautiful Julia Burgos Center.

The room was empty of glamour and full of bad lighting. Dinky tables carelessly surrounded the dance floor and most of the people there brought their own rum and food. It was not the diamond and feather spectacle I thought would await me, her royal highness of Bolivia. It was so much more. Couples were already dancing. Stylish hats, perfectly polished shoes, impeccable shirts, proudly worn dresses and hand held fans inspired me to stand near the wall and watch. These were dignified men and women that had arrived to Harlem back in the day when their countries gave them too many reasons to flee. And they danced beyond their hips and beyond the erroneous perceptions of what the world calls “salsa”. Modern societies grossly misunderstand the art form of salsa and there is no true acknowledgement of its power as a revolutionizing and socially edifying expression. The power lost when one leaves one’s homeland, one’s family, and one’s security - is born again on the dance floor. On the dance floor we reclaim our identity, our agelessness, our sexuality, our story and our power to dream. We dance (and play) to the fusion of our many ancestors, to the songs of our mestizo fathers and African mothers, to the guitars of our Spanish grandparents, to the call and response of our once enslaved brothers and sisters. And as if it was all orchestrated from an Orisha cave in heaven, it all collides with the brassy protesting beauty and the rhythmically driven harmonies of jazz. That tribute was beyond awesome. Needless to say I danced the night away (with 70 year old “rumberos”) and the band was insane amazing. Salsa is not sensuality or sex or sexy. Salsa is revolution, immigration, struggle and identity. And that is why it feels damn good.

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Hace unos días fui a ver un tributo a la banda salsera Fania All-Stars. Eran famosos durante los 70’s y 80’s por mezclar ritmos afro descendentes con la maravillosa musicalidad y libertad del jazz… y al mismo tiempo trataban temas que exponían y celebraban la lucha inmigrante. Estaba tan emocionada tomando el bus de la calle 53 hasta la 105 en Harlem. Amo Harlem. Amo su historia, sus tormentos, y su carácter implacable. Era una tarde acalorada y húmeda. Fui paseando hacia el oeste en la calle 105 mientras recibía los saludos coquetos de unas lindas banderas puertorriqueñas que colgaban en lo más alto de los edificios. Gente mayor socializaba en las verandas y niños jugaban cerca de una feliz bomba de agua que lanzaba chorros fríos a la calle abrasadora. Diferentes acentos hispanos sedujeron mis oídos y mientras absorbía todo, viajé al pasado. Caminé despacio, respirando la presencia de un mundo viejo que en dos calles más me llevó al hermoso Centro Julia Burgos.


La sala era vacía de glamour y llena de luz fría. Mesas chicas y desordenadas rodeaban la pista de baile y la mayor parte de la gente había llevado su propia comida y ron. No era el espectáculo de plumas y diamantes que pensé esperarían a su alteza boliviana. Era mucho más. Parejas ya habían comenzado a bailar. Sombreros distinguidos, zapatos perfectamente lustrados, camisas impecables, vestidos orgullosos y abanicos de mano me inspiraron a pararme cerca a la pared y observar. Estos eran dignos hombres y mujeres que habían llegado a Harlem en un tiempo cuando sus países les dieron demasiadas razones para escapar. Bailaban más allá de sus caderas y más allá de las percepciones erróneas de lo que el mundo llama “salsa”. Las sociedades modernas tienen un tremendo mal entendimiento del arte de la salsa y no hay una verdadera aceptación de su poder como una expresión revolucionaria y socialmente edificante. El poder que uno pierde cuando deja su país, su familia y su seguridad - renace en la pista de baile. En la pista de baile reclamamos nuestra identidad, nuestra eternidad, nuestra sexualidad, nuestra historia y nuestro poder de soñar. Bailamos (y tocamos) al son y fusión de nuestros muchos ancestros, a las canciones de nuestros padres mestizos y nuestras madres africanas, a las guitarras de nuestros abuelos españoles, a los coros y llamados de nuestras hermanas y hermanos antes esclavizados. Y como si todo fuera orquestado desde una cueva Orisha en los cielos, la fusión ancestral se junta con la bella protesta metálica y las harmonías rítmicas del jazz. El tributo fue más que alucinante. Bailé toda la noche (con rumberos de 70 años) y la banda era tremenda. La salsa no es sensual, no es sexy y no es sexo. La salsa es revolución, inmigración, lucha e identidad. Y por eso se siente deliciosa.

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